lluviaEstar en medio de una tormenta no esperada puede hacer sentir a uno miserable. Un huracán, una tormenta tropical –en las que de hecho he estado– son temporales conocidos y “controlados” por uno mismo. Pero si sales de casa en un día gris, con una lluvia pertinaz, que unos momentos después se convierte en una especie de tromba-ventarrón-ventisca-invernal-rompe-paraguas, puede afectar de manera inusitada el estado de ánimo (sobre todo si estás en un punto de no retorno y es mejor seguir aunque termines empapado).
En un recurso muy utilizado en algunas películas para denotar una transición, un momento triste y difícil o algo parecido, suelen colocar a un individuo(a) viajando por un tren, autobús, avión (de acuerdo al presupuesto del personaje o circunstancias “atenuantes”), afuera el día es nublado, lluvioso y su reflejo en el vidrio demuestra su pena… pues entiendo perfectamente la razón de intentar transmitir una emoción a través de esa escena. Yo misma la viví. Tengo que viajar media hora de camino en un tren que sale de la ciudad y pasa por algunas montañas y poblados para ir a la universidad… hace un par de días me topé con un largo y lluvioso camino, advierto entonces que los árboles se antojan vencidos por algún abatimiento cuando en realidad es el peso de las gotas en sus ramas, se perciben de un verde que parece apagado por un cielo nublado, gris, amenazante, con esa persistente lluvia; sencillamente la cara de tristeza no se hace esperar, sólo me falta una gota escurriendo por mi mejilla para completar la escena perfecta. Cómo sucede? Cómo una condición meteorológica de baja presión puede afectar tanto el ánimo? Cómo el brillo y el calor del sol puede incluso darle fuerza a Superman? Bueno, en realidad hay respuestas: químicas, biológicas, psicológicas, etc. (aunque creo que para Superman debe tener algo que ver la imaginación de Joe Shuster y Jerry Siegel); es bastante interesante conocer los estudios… pero eso mejor se lo dejamos a los expertos y no perdamos la “poesía” del momento.
La verdad es que me encanta la lluvia, el sonido de las gotas en los tejados (si no estoy dentro, porque es un ruido de los mil demonios… pero no nos volvamos a perder), el olor de la tierra mojada de las primeras precipitaciones de primavera. Cuando niños, a mis hermanos y a mí nos gustaba mojarnos en la lluvia de un caluroso día de verano, salir al patio y ensoparnos hasta castañetear los dientes y arrugar los dedos de la mano (antes de la lluvia ácida y mil tipos de enfermedades… insisto, no nos desviemos). Impetuosa, irreverente, persistente, impredecible, mortal al mismo tiempo que vivificante, refrescante, poética, armoniosa, romántica e inspiradora… así es esa contradictoria lluvia que se ama o se odia según las circunstancias y lugar en que cae. Un verano o un invierno, un país frío o cálido, un día laboral o un día de descanso, una mañana o una noche, un monzón o una sequía. Así provoca sentimientos ambivalentes, pero nunca indiferentes. Porque así es ella.