De Valencia! No es acaso famosa la paella valenciana? pues entonces no había otro lugar mejor para probarla, la auténtica, o bueno, en teoría.
Mi amiga Luz y yo emprendimos el viaje para probar dicha teoría. Así que después de un madrugón marca acme en pleno sábado, nos fuimos cómodamente en un autobús poco concurrido y en el que, o nos odiaron o se enteraron de cuanto chismorreo, perdón, conversación intelectualmente estimulante, intercambiamos.
Después de cuatro horas de camino que pasa por una región de viñedos, llegamos a nuestro destino. Unos minutos de caminata nos llevaron hacia el centro histórico de la ciudad. Pudimos subir a las Torre de Serranos (poco de lo que queda de la muralla que circulaba la ciudad), entrar a la Basílica de la Virgen de los Desamparados, la Catedral (en la que se encuentra una reliquia del Sto. Cáliz), la Lonja de la Seda (la casa de bolsa del siglo XV), el Mercado Central (donde hay paelleras de toooodos los tamaños), pasear por plazas y edificios antiguos entre jardines y árboles de naranja valencia, por supuesto.
Para cuando nos dio hambre, unas amables valencianas nos recomendaron un lugar para comer paella, así que fuimos a tal lugar para encontrarnos con que habían cerrado cocina. Eran apenas las 3 de la tarde pero creo que se sienten medio franceses al respecto y, o comes a la hora que toca o a ver qué se te ocurre. Pero no nos íbamos a dejar vencer tan fácilmente, por cuanto restaurant pasábamos veíamos el menú y si aún atendían (no es que hubiera tampoco por cientos), así llegamos a uno en la que un “amable” mesero dijo que estaban llenos, pero era nuestra última opción, así que haciendo gala de nuestros mejores encant, digo, capacidad de negociación, esperamos un poco y nos dieron mesa (porque atender sería mucho decir) y después de como hora y media –y una paella bastante regular– nos fuimos a registrar al hotel, mismo que quedaba a unos 15 ó 20 minutos del centro, justo a un lado de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, otro punto obligado de cualquier visitante. Sólo que levantarse temprano y caminar por media ciudad tiene sus consecuencias y al tomar un descanso… se nos fueron como 3 horas y se nos terminó el día temprano y puesto que a las 10 de la noche dejan de venderse vinos y licores, el brindis tuvo que ser descartado. Y como mi amiga es de las pocas mujeres que conozco a las que les gusta el futbol y no sólo cuando está el novio, pues nos entretuvimos (o más bien ella y yo la acompañé) con un partido del Barça.
Al día siguiente fuimos a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Complejo futurista en el que se incluyen y fusionan los más diversos artes y placeres. Junto a paseos y estanques, podemos encontrar museos, exposiciones, una gran sala de cine IMAX, representaciones, acuario, etc. (sí, sacado del wikipedia). Así que paseamos, vimos, tomamos fotos, nos divertimos… y nos volvió a dar hambre… a las 4pm. Cerca había un centro comercial en el que fuimos a buscar una paella que resarciera a la del día anterior; caminar a la playa –que era parte del plan– ya no era opción, puesto que nuestra salida era a las 6pm, la distancia un poco larga y las fuerzas casi inexistentes. Y entonces nos volvimos a topar con “cocina cerrada”, y de nuevo a ir de restaurant en restaurant con cara de hambre. Dimos con un bufet en el que nos advirtieron que debíamos servirnos de una sola vez porque ya tenían que recoger las bandejas de comida (esa mesa terminó como servida para un banquete de cuando menos 4 personas). Pues de allí fuimos, sobre la paella… que nos volvió a decepcionar.
El tiempo era perfecto cuando terminamos de saborear el postre; el transporte público que nos llevaría a la central de autobuses pasaba frente al centro comercial y teníamos… 40 minutos para llegar! uff, no supimos qué pasó y de pronto ya era tardísimo, el bus no pasaba y los taxis tampoco, y si pasaban estaban ocupados. Veinte minutos antes de las 6pm pasó el autobús y preguntamos si era posible llegar a tiempo, y aunque no nos convenció su cara de puede ser, tal vez, igual y sí, tuvimos que tomarlo, pues era la única opción.
Mapa en mano medíamos tiempo y distancia, rezábamos porque no subieran o bajaran muchas personas en el trayecto. En la parada anterior a la nuestra no se detuvo y apenas se abrió la puerta frente a la central salí disparada cual gacela amenazada por su vida hasta llegar a los andenes, preguntando por nuestra salida y cuando por fin llegué el operador ya estaba por cerrar la puerta. De panzaso pero llegamos. Afortunadamente tuvimos la previsión de comprar un viaje en un vehículo muy cómodo y de mejor categoría (además en oferta) así que después de tantas emociones y aventuras, calladitas y dormiditas nos veíamos más bonitas.
…Y así fue nuestra patoaventura por la ciudad de los jardines, naranjas, paellas y artes.🙂