Hace un par de noches venía por carretera de vuelta a mi casa, algunos relámpagos a lo lejos parecían presagiar una tormenta, pero en su lugar apareció una leve llovizna intermitente, eso sí, rayos y centellas como sólo he visto en vídeos; una considerable cantidad de ellos nos acompañó buena parte del camino.
En realidad es todo un espectáculo, me resulta fascinante ver las “viborillas” de luz en medio de la total oscuridad. Probablemente el encanto que me provoca haya sido culpa de mi padre. Cuando éramos niños y se iba la luz a causa de una tormenta eléctrica, nos llevaba a la sala a mis hermanos y a mí, mi mamá abría las ventanas y el aire movía las cortinas mientras afuera se escuchaba el sonido de las gotas de agua golpeando el concreto de las banquetas o los vidrios (ventaja de tener ventanas tropicales, pueden abrirse durante la lluvia ;)), al mismo tiempo que los destellos a través de las aberturas disipaban la penumbra momentáneamente mientras mi papá nos contaba alguna historia tranquilizadora o nos compartía anécdotas junto con mi mamá.
Nunca temí a la oscuridad o a las tormentas y creo que debo agradecer a momentos como esos. Así, algunos añitos después (ni taaaantos) incluso sonrío al encontrarme en un vehículo en mitad de la carretera, de noche, con una tormenta eléctrica sin lluvia ni truenos (o aunque hubieran), disfrutando de una muy buena sinfonía de relámpagos.
Una tarde productiva de trabajo de tesis, un relámpago enoooorme que me hizo saltar y una noche de reunión con mis amigos y novio logró convertir ese día en uno de esos en los que uno se acuesta y suspira y descansa mientras una sonrisa se dibuja inevitablemente en los labios.