De cuando en cuando me gusta dar una vuelta por las secciones de libros de las tiendas departamentales. A veces sólo para enterarme de las novedades y tal vez encontrar algún ejemplar en el que me interese invertir –lo cual no puedo hacer tanto como quisiera–. Un día de éstos estaba “haciendo tiempo” justamente en esa actividad. Stieg Larsson y Stephanie Meyer siguen muy vendidos, un nuevo libro de Catón de historia de México, etc. y me encontré con La Filosofía de House (ed. Selector). No tengo una reseña del libro, pero tengo un comentario de su contraportada. Sigo la serie de Dr. House, me parece un personaje bien escrito, su humor es mordaz, satírico, sarcástico (lo cual me agrada bastante), y hace unos meses me enteré que el autor se inspiró en Sherlock Holmes para las dotes detectivescas y de nombres de los personajes, así que cuando vi el libro –que honestamente no me siento inclinada a adquirir–, enseguida me puse a leer la contraportada y ver de qué se trataba –cosa que hago todo el tiempo con libros y películas–. Ajá, ajá, bla, bla, bla… y entonces algo no me cuadró, volví a leer porque algo estaba raro…





¿¿¿¿Sherlock Homes????, ¿y ese quién es?, ¿no será Holllllmes?, ¿no tendrán un corrector? y si eso me encuentro en la contraportada, pues qué esperar del contenido, no?
Hoy en día encontramos errores de ortografía, no qué digo errores, horrooooreeees de ortografía por todas partes, y se supone que en los libros, que han sido redactados, revisados, corregidos y vueltos a revisar, encontramos la mejor redacción –puras suposiciones– y es una forma agradable de ampliar nuestro vocabulario. Es decir, los libros no sólo nos enseñan en fondo (contenido) sino en forma (redacción) también, y si alguien lee una palabra incorrecta –a menos que le interese la ortografía– la escribirá igualmente incorrecta.
Tal vez no puedo hacer nada con ese libro, pero puedo ponerlos en evidencia… aunque sea para tranquilidad de mi propia conciencia.😛