Fue un fin de semana de bajas en las filas de la Iglesia del mundo. Dos personajes que cambiaron la vida de muchas personas a su alrededor. Que guiaron miles y miles de fieles a través de la Fe, de la enseñanza, del ejemplo, del compromiso, de la perseverancia, la lucha… de las risas y tropiezos, de las anécdotas y las reprimendas.

El viernes 3 fue llamado Monseñor Gustavo Enrique Barrios Santana, un sacerdote incansable, con una personalidad imponente, mirada penetrante, voz autoritaria y un amor inmensurable por sus fieles y amigos. El domingo 5 fue llamada la religiosa Misionera Hija de la Purísima Virgen María, María Guadalupe Álvarez Tamayo o como todos sus alumnos la llamábamos, madre Lupita; mujer de carácter firme y suave que supo dirigir con sutileza y estrategia la misión que le fue encomendada.

Me encantaría poder escribir datos biográficos, hechos relevantes que lograron en sus vidas, pero un sitio como IMDB (internet movie database) no contempla a verdaderas estrellas como ellos dos, así que no podría decir con certeza si tuvieron dudas al recibir el primer llamado de Dios para formar parte de sus servidores, no sabría decir si encontraron dificultades o todo el apoyo de sus familias por ingresar a la vida religiosa, sería incapaz de ennumerar sus logros o la cantidad de personas en las que hicieron una diferencia. Pero lo que puedo hacer es rendirles homenaje siguiendo su ejemplo, recordando sus enseñanzas, cultivando sus frutos y por supuesto, hablando de ellos en un medio como este.

Y esto es lo que sé. Monseñor Barrios iluminó y guió a infinidad de personas no sólo con sus homilías y confesiones. Hombre culto y amigable. Amigo desde el más sencillo hasta el más encumbrado; del Arzobispo Primado de México Norberto Rivera Carrera y hasta del Papa Juan Pablo II, el uno compañero del Colegio de Roma, el otro por sus continuas visitas. Realizaba viajes de grupo a Tierra Santa, no sólo para dar la oportunidad a sus fieles de estar en el mismo lugar en el que alguna vez estuvo físicamente Jesús, sino para poder mostrarles la importancia del lugar y que no fueran sólo unos turistas más. Era conocido y admirado. Recibido sin obstáculos en la Basílica de Guadalupe, en Maria+Visión y hasta en audiencias Papales (eso sí, siempre pidiéndole la Virgen Stma. su intercesión con cuantos rosarios fueran necesarios, para lograrlo). De andar y hablar parsimoniosos pero firmes. Sembrando la semilla de la Fe en una tierra extraña, pues era originario de Cd. Valles, S.L.P. La Catedral de Tampico y la Parroquia de San Juan Bosco (o de Árbol Grande, como también se le conocía, por el nombre de la colonia) lo vieron convertirse en ese personaje tan querido y admirado. Hizo, vio y vivió lo que quiso, escribió libros, viajó, aprendió y enseñó más que la Fe misma. Un hombre de Dios en toda la extensión de la palabra. De los que ya no se encuentran tan fácil. Se le recuerda siempre con su vestimenta sacerdotal blanca y rosario en la mano (incluso parecía que se desplazaba sobre nubes, por su forma de caminar). Siempre viendo por su madre. Recién iniciaba una nueva misión, pero su cuerpo fue demasiado frágil para su espíritu. Ya había vencido enfermedades graves. Supongo que esa negociación con Dios para quedarse o irse terminó ese día. Ganó Dios, ganó Monseñor.

La madre Lupita fue la directora de mi colegio. Llegó a un pueblo desconocido y cambió el lugar a partir de predicar la excelencia en la educación y en la Fe. No fue nada fácil. Afortunadamente supo ganarse la confianza y amistad de algunas familias que la ayudaron en su cometido. No sólo construyó nuevos edificios para el colegio, sentó las bases morales de los adultos que ahora somos. Firme creyente, incansable trabajadora, risueña, pero “corregidora” cuando era necesario. Superó enfermedades y accidentes. Al ser parte de su carisma, debía ser reubicada en el colegio que la necesitara y durante el tiempo que la necesitara. Hace años la vi por última vez y al momento de su partida fungía como Superiora General de su congregación. Tal vez la Madre Teresa la requería para su equipo, ese mismo día 5 de Septiembre, hace 12 años también partió hacia el Cielo. Queda una sensación de orfandad, esa segunda madre que todos encontramos en la escuela, esa bien era la madre Lupita. Vienen a mi memoria tres momentos tan cercanos a ella como distantes en tiempo. Una ocasión me utilizó de ejemplo al corregir mi postura frente a la bandera (tal vez estaría yo en 3o. de primaria, respeto ante todo); una vez me llamó a la dirección porque tuvimos un “pequeño” desacuerdo en mi comportamiento (ya más grandecita y yo creía que no era importante, ella sí) y el último fue en el día que cumplí quince años. Sé que aún tenía muchas cosas por hacer, muchos planes por realizar, sin embargo, inteligente como era, sabía rodearse de las personas adecuadas, y estoy segura que ellas sabrán continuar su labor.

Ambos tocaron corazones y vidas. Ambos forjaron mentes y espíritus. Ambos serán extrañados.