Una ocasión iba un señor por la calle y se encontró con una construcción. Tuvo curiosidad de lo que allí se erigiría así que le preguntó al primer hombre que vio.
-Señor, disculpe, ¿qué es lo que están construyendo?
-No sé, yo sólo estoy poniendo piedras, ¿no lo ve?

Intentó averiguar con el segundo hombre que vio:
-Señor, disculpe, ¿qué es lo que están construyendo?
-Yo sólo levanto una pared, pero no sé más. A mí sólo me dijeron que hiciera esto.

Una vez más, preguntó a un tercer hombre:
-Señor, disculpe, ¿qué es lo que están construyendo?
-Una catedral! Digo, a mí me toca hacer esto de momento, pero ladrillo tras ladrillo ya verá cómo al rato tendremos una casa para nuestra Virgencita, y yo estoy ayudando!

Ayer se realizó la kermés anual del Seminario Conciliar de Tampico. Desde hace alrededor de 20 años es que se hace sin interrupciones y he tenido oportunidad de participar –unas veces– o sólo cooperar –otras tantas– pero en lo posible, no dejar de asistir. En el Seminario se prepara a los futuros sacerdotes que habrán de servir a los feligreses católicos de la región, por lo cual se efectúan actividades con el fin de apoyar en los gastos de estudio y manutención de los mismos.

La kermés nos brinda también la oportunidad de encontrarnos con amigos y conocidos que tal vez han emigrado de la ciudad y regresan por la temporada navideña; de disfrutar de un tipo de fiesta muy tradicional, con la comida, la música y los juegos inherentes a una kermés.

Todos participamos, reímos, aplaudimos, disfrutamos de todo tipo de comida y sana diversión (mariachi, huapango, jazz, juegos mecánicos, lotería… y así). Animamos a los seminaristas para que perseveren en su vocación con oración y participación activa. Matrimonios, grupos juveniles, “civiles”, hombres, mujeres, niños, familias enteras… todos reunidos para ayudar a construir una “catedral”. Nuestra iglesia. Nuestros pastores.

Debo decir que participar de una u otra manera siempre me ha provocado una satisfacción personal. Éste año no ha sido la excepción, y he de agregar una sonrisa rosa, una sonrisa de algodón de azúcar –rosa, por supuesto– que hacía años no disfrutaba. Al final, una sonrisa compartida con todos los demás.